martes, 12 de agosto de 2014

Desde Bolívar, para que gobierne el pueblo

Comuna Panapana Socialista, estado Bolívar

Fernando Vicente Prieto


En la margen derecha del Orinoco, a pocos kilómetros del lugar elegido por Simón Bolívar para realizar el Congreso de Angostura en 1819, setecientas familias dedicadas a la agricultura, a la ganadería y a la pesca artesanal se organizan en torno a la Comuna Panapana Socialista. Con casi 160 mil hectáreas de superficie, la comuna coincide en toda su extensión con la parroquia del mismo nombre, ubicada en el municipio Heres, en el estado Bolívar. Un lugar con extraordinario potencial, donde la Comuna intenta sortear décadas de atraso económico con organización, paciencia e insistencia revolucionaria.

Una historia en pleno desarrollo

La comuna Panapana Socialista fue registrada en octubre de 2013, aunque su recorrido comenzó varios años atrás.
Con la sanción de la Ley de Tierras impulsada por la Revolución Bolivariana, desde 2007 miles de hectáreas pasaron a manos de familias que querían un pedazo de terreno para trabajar. Hasta entonces estaban en poder de un puñado de terratenientes, asentados en la cúspide de un régimen económico de características semifeudales. Con este sistema -iniciado trescientos años atrás con base en la explotación de los pueblos kariña y warao, originarios de la región-, las tierras se encontraban en su mayor parte ociosas y quienes trabajaban lo hacían en pésimas condiciones. Mientras tanto, los pescadores se las arreglaban para subsistir en la orilla del río. Pero bastó el impulso a la democracia participativa y protagónica para que las cosas empezaran a cambiar.

Hacia 2008 se organizaron los primeros consejos comunales, y en 2010 -siguiendo el ejemplo de los vecinos de la Parroquia Marhuanta- impulsaron su propia Sala de Batalla Social. “Un grupo de voceros, viendo domingo a domingo las alocuciones del comandante Chávez, nos fuimos a investigar qué era eso de la Sala de Batalla Social”, cuenta Andrés Salgado, actual integrante del órgano ejecutivo de la comuna. “Y desde ahí venimos rodando, rodando”.

Vladimir Carpio
El nombre elegido para la naciente Sala de Batalla fue “La hija de los vencedores de Angostura”. Vladimir Carpio, hoy parlamentario comunal, fue quien realizó la propuesta, aprobada luego en asamblea. “Mucha gente propuso nombres”, explica Andrés, “pero el que elegimos nos pareció profundo, simbólico”.
“Inicialmente no hablábamos de comuna, pero sí que teníamos que resolver en colectivo. Siempre tratar de unir fuerzas, para resolver los problemas que son comunes”, dice Jovanny González, parlamentario por el Consejo Comunal Ezequiel Zamora y uno de los promotores.
González relata que durante 2011 y 2012 se reunían a leer y debatir las leyes del Poder Popular, sancionadas en diciembre de 2010. Con el caminar, se fueron sumando las organizaciones comunitarias de la parroquia, hasta alcanzar 14 consejos comunales y tres consejos campesinos en 2013, quienes aprobaron la carta fundacional y formalmente dieron origen a la comuna.

Agricultura, ganadería y pesca

Como otras regiones del país, la zona se encuentra unida a la memoria del primer Libertador. Además del nombre del estado, la cabecera se llama Ciudad Bolívar. Hace dos siglos, en plenos combates anticoloniales, su nombre era Angostura y tenía una explicación geográfica sencilla: se trata del lugar donde el cruce del Orinoco es más corto, porque el río se angosta.
En la zona conviven históricamente las familias que viven de la pesca junto a quienes cultivan el suelo y crían animales. La tierra es roja y en algunos lugares más arenosa. Se trata de un lugar donde predomina la llanura, con algunas ondulaciones y muchos cursos de agua. La geografía no es obstáculo para las tareas agrícolas, pero sí pone límites a la mecanización. Poco más de 3 mil hectáreas pueden ser trabajadas de esta manera y los comuneros están empeñados en revertir la baja productividad, característica del modelo que se intenta revertir.

Actualmente se produce maíz, ají, frijol, yuca dulce y amarga; y también frutales como patilla, melón, mango y lechoza. A nivel pecuario, las familias cuentan con pequeños planteles de ganado vacuno, porcino, caprino y avícola.
Vladimir Carpio informa que alrededor del 35% de la tierra se encuentra sin trabajar, porque está en poder de personas que “las están engordando” para luego venderlas.  “Cámara, ¿ve? Todas estas tierras están ociosas”, señala Carpio, mientras rodamos hacia el oriente por la autopista que une Ciudad Bolívar y Puerto Ordaz. “Nosotros como Comuna nos vamos a proponer rescatarlas y ponerlas al servicio de la comunidad”.

Un proyecto clave en esta estrategia es la planta procesadora de alimento balanceado, cuya ejecución se encuentra paralizada, de acuerdo a los comuneros, por la falta de respuesta de algunas instituciones involucradas en los permisos. Entre ellas, el Ministerio de Ambiente, que se demora en aprobar la deforestación del predio de 15 hectáreas donde se instalará el proyecto.

A su vez, se impulsa una creciente mecanización que permita la siembra de maíz, sorgo y soya en 3200 hectáreas, con la idea de abastecer de insumos a la planta. De acuerdo a sus estimaciones, la provisión asegurada de estos insumos posibilitaría la producción de unas 2 mil toneladas de alimento balanceado al mes, que pueden destinarse al engorde de los animales, aumentando la cantidad de carne y leche producida.
Considerando que uno de los obstáculos para este aumento de productividad es la falta de maquinaria de trabajo agrícola, en la región se dan situaciones curiosas. Robert López es parlamentario del Consejo Comunal Angosturita y muestra orgulloso un tractor que se encuentra pasando la rastra a un terreno de la comunidad. La máquina, de origen bielorruso, fue recuperada en agosto de 2013. Estaba en manos de un terrateniente a quien se la había cedido un funcionario del Estado nacional. 

Este y otros episodios similares de contradicción entre las comunas y el Estado en transición se suceden a cada charla. “Aquí falta más apoyo de las instituciones”, reitera Vladimir. “Hay alcaldes y gobernadores que no les sale de su boca la palabra comuna, es una vergüenza. ¿Usted sabe una cosa? Hay un cierto miedo al autogobierno, incluso en algunos sectores del gobierno”.
A medida que nos aproximamos al río, se encuentran las comunidades más pobres. Allí se pueden ver ranchos de bahareque que albergan familias de pescadores, quienes también crían animales pequeños y siembran algunos frutales.

Jorge Caraballo es uno de los referentes de la comunidad Los Negritos. Además de impulsar la siembra de melón, patilla y auyama; su principal ocupación es la compra y venta de pescado. Rayado, dorado, coro coro, coporo, palometa, paisano, cachama, guitarrilla, huara huara son algunas de las muchas especies presentes en el Orinoco.
De carácter más bien reservado, Caraballo deja la parquedad cuando se pone a hablar del proyecto piscícola de la comuna. Se saca y se pone su gorra roja mientras repasa la iniciativa. La idea es desarrollar lagunas artificiales en las zonas con potencial pesquero. Allí se sembrarán especies de peces originarias del Orinoco.

Jorge Caraballo
También se entusiasma al pensar en el otro componente del proyecto. La propuesta es desarrollar una Escuela de Formación Técnica Agroecológica. “Con formación revolucionaria socialista –aclara-, porque para fortalecer la Revolución debes formar personas con criterios socialistas, que cuando vayan lleven ese mensaje”.
Sin embargo, el proyecto también se encuentra demorado por cuestiones burocráticas, algo que lo irrita profundamente, al igual que todas las decisiones tomadas sin conocer la comunidad y su entorno. “Lamentablemente tenemos gentecita que decide y que no acepta ideas factibles”, comenta, resignado por un momento.

Más solidaridad, más equilibrio

“Tú tienes que aprender a vivir en el socialismo”, dice José Hernández, vocero del consejo comunal Ribera del Tambor, para argumentar por qué, según él, falta mayor intensidad en la formación ideológica, una situación que por momentos trae injusticias, tensiones y dificultades.
“Es que estamos construyendo una sociedad distinta a la que viene de la colonia para acá”, agrega. “¿Qué significa esto? Renunciar a los vicios e intriga. El socialismo es otra vaina. Es amor, igualdad, respeto”.

Al igual que otros comuneros, Hernández se queja de que todavía sigue habiendo una gran cantidad de desequilibrios en la comuna. Entre estos, menciona la necesidad de vivienda que tienen comunidades como Los Negritos o Angostura Cruce de Bolívar. Actualmente, la comuna construye 84 viviendas, pero ninguna se encuentra en estos sectores. “Estamos pidiendo otras 116 viviendas para atender las necesidades más urgentes de las comunidades”, informa Vladimir Carpio mientras visitamos la obra.

El transporte y la salud son otros proyectos prioritarios para las comunidades, en zonas de difícil acceso. En este último caso, se está trabajando para que un módulo de Barrio Adentro se instale en la zona.
En cuanto al transporte, las comuneras y comuneros relatan que el transporte que circula la autopista no para en medio del trayecto. Por esta razón, en lo inmediato se encuentran abocados a gestionar rutas comunales que puedan conformar una alternativa a este problema recurrente, que hace perder un tiempo valioso a los integrantes de las comunidades.

Guerrer@s del Orinoco

Emes Ventura
Emes Ventura Sifontes es vocero del Consejo Campesino Fortaleza Revolucionaria. Nacido hace 49 años a la orilla del río, cuenta que en el sector sería necesario un centro de ganadería de doble propósito (carne y derivados), para el cual se está solicitando un apoyo inicial que permita comprar 25 vacunos y montar las instalaciones para tambo mecánico, depósito de quesos y matadero de ganado.
Es jueves por la mañana y en un rato más sesionará en forma extraordinaria el Parlamento comunal. Mientras se da la conversación, esperamos a que llegue Yudith Moreno, vocera y parlamentaria del consejo comunal Angostura Cruce de Bolívar, el sector más alejado de la autopista y por lo tanto, con mayor dificultad de acceso a las reuniones.

Allí, nos cuenta Emes, el tiempo se detuvo. “Hasta ahora el proceso no ha llegado”, explica. “Han sido muy poco beneficiados”. Sin embargo, considera que es un avance que a pesar de todo se encuentren participando, trayendo inquietudes, construyendo comuna.
En eso estamos cuando por entre el monte aparece Yudith, una morena de 46 años, sonrisa amplia y mucha determinación. Con ella y varios compañeros nos vamos para el Parlamento.

Organizarse por todo lo que falta

Algo más de cuarenta personas se reúnen en el predio de Oscar Mendoza. Entre ellas, once mujeres. Sillas de madera y de hierro se disponen semicircularmente en la cochera de la casa. En un extremo, la mesa del Comité Ejecutivo. Detrás, un pendón que dice “Chávez, corazón de mi Patria”. Un poco más abajo otro cartel, más pequeño: “Maduro presidente, los trabajadores construyendo el socialismo”.

Del otro lado, frente a la mesa del órgano ejecutivo, una pared muestra dibujos de tanques australianos y conexiones para el proyecto de piscicultura. Son las evidencias visibles del trabajo organizativo que vienen realizando junto a un ingeniero de Corpoelec, quien está apoyando el proyecto.
En el lugar también están apiladas decenas de bolsas de cemento, que forman parte del avance de la Gran Misión Vivienda.

La asamblea extraordinaria del Parlamento Comunal es intensa. Uno a uno los compañeros se van anotando en el derecho de palabra, no exento de interrupciones y de confrontaciones verbales por momentos.
Por un lado, existe enojo con algunos sectores del Estado, incluso del ministerio de Comunas, por demorar innecesariamente algunos trámites. Se menciona especialmente el caso de Fundacomunal, a partir de la intervención de una compañera que sostiene que lleva más de un año intentando registrar su consejo comunal, para luego sumarse a la comuna con todas las de la ley.

Por otro lado, existe una diversidad de opiniones sobre un tema y luego sobre otro: los proyectos socioproductivos; la relación política con el gobernador y el alcalde y finalmente, la posibilidad de incorporar nuevos consejos comunales que hasta ahora no venían haciendo vida en Panapana socialista, hasta el método para hacer más operativa las sesiones. En ese marco, la mañana se va rápido mientras el temario avanza. Tres consejos comunales son aceptados por el Parlamento como miembros plenos.  

Yudith Moreno
En el cierre, conversamos con Yudith Moreno, la parlamentaria de Angostura Cruce de Bolívar, antes de que emprenda su largo regreso a casa.
Yudith mira a los ojos y uno no puede dudar del sentimiento en sus palabras. “Chávez para mí está vivo”, responde sobre la ausencia-presencia del Comandante. “Cada vez que me paro y tengo que salir a la calle, siento que mi presidente está allí”, se emociona.

Sabe que la lucha está plagada de acechanzas. Y que llegar a las sesiones de la comuna es parte de los desafíos que hay que vencer. Cuenta que en ocasiones anteriores tuvo que esquivar culebras, osos y araguatos. Esto no es una metáfora. “De casa a la autopista, camino casi 9 kilómetros donde hay de todo”, explica la vocera. Para acortar un poco, parte de ese recorrido lo tiene que hacer atravesando el río con el agua al pecho. Si no, como en este caso, camina casi dos mil metros para que una pequeña embarcación -una curiara- la acerque a la orilla cercana al campo de Emes y desde allí, volver a caminar otros varios kilómetros.

En un Parlamento donde casi todos son hombres, Yudith es una de las excepciones que vienen cambiando la historia. “Soy la guerrera que me muevo, pue’. Voy a donde tengo que ir con mi señor delante”, sostiene. Con voz pausada, explica las carencias en vivienda, vialidad, transporte, agua potable, sanidad. Su expectativa pasa por ir resolviendo esa deuda histórica que atravesó toda su vida, gobierno tras gobierno.
 “Ver cómo es mi comunidad me da fuerza para seguir todos los días en esa lucha”, agrega. Hoy tiene un proyecto y desea construirlo con las demás comunidades. “Con la Comuna se está logrando conseguir cosas que no se habían visto”.






Fotos: Oscar Arrias

martes, 29 de julio de 2014

Allá, donde el río diluye las fronteras

Comuna Ribereña del Caño Mánamo Hugo Chávez Frías, municipios Tucupita (Delta Amacuro) y Uracoa (Monagas).

Marianny Sánchez


Mientras la noche amenaza con extinguir los últimos chispazos del mechuzo de gasoil que ilumina los predios de los ranchos, Myriam pelea con el radiecito de pila, mueve de un lado a otro la antena y vence. En la oscurana de esa lejanía llega la palabra certera de un hombre: “Pueblo mío, a organizarse y a construir comunas”, suena medio metálicamente por el yugo de un sonido sucio, allá, donde las telecomunicaciones son casi milagros.
En esa fecha difusa en el calendario más allá del año, 2009, en esa masa milenaria construida por la naturaleza misma a punta de erupción de volcanes, conglomerado de sedimentos, tierra e historia arrastrada por el bravo río Orinoco, la mujer duerme a los nueve hijos y sueña, sueña en colectivo, sueña inmenso como inmenso corre el Delta a través de los casi 400 kilómetros que le dan cuerpo de agua y riberas.
“Cuando el comandante hizo el llamado para que nos organizáramos en comunas, porque así teníamos más posibilidad de acción y de acceder al bienestar social, yo dije ‘bueno, esto es lo que tenemos que hacer’ (…) El camarada Humberto y yo encendimos esa candelita. Nosotros fuimos los que salimos en una lanchita con un motorcito 40 por ahí a visitar casa por casa, a decirle a la gente que ese era el camino, la propuesta que nos tenía nuestro comandante, porque como él lo decía, la gente organizada es más fuerte que cada uno por separado”, recuerda Myriam Hernández, frente al pionero y compañero de lucha, Humberto “Mon” Güira.
Myriam Hernández
Podría decirse de ellos -dupla sonriente y combativa- que de tanta soledad y silencio que acompasa la vida deltana, la imaginación fue el músculo intangible que se les desarrolló con mayor potencia. Cuando la comuna era sólo una palabra, ellos la visionaron, palparon en la tierra dónde podrían erigirse los pilares y detectaron en algunos rostros vecinos quiénes pondrían el cuerpo para el trajín que haría posible lo que desde noviembre del año pasado tiene acta de nacimiento legítimo: la comuna “Ribereña del Caño Mánamo, Hugo Chávez Frías”.

Cuando el zigzagueo del río anunciaba la llegada de la lancha, una tarde cualquiera, algún indiscreto salía a su encuentro y gritaba “¡Aquí llegaron los loquitos!”, cuenta mientras emula el ademán de sorpresa y desconfianza con las manos tiznadas de tanto sol, tanto fogón, tierra y hasta construcción de 14 casas en su consejo comunal: “Los Mangos”.
“Duramos como tres meses buscando gente para un proyecto que ellos pensaban que no se iba a dar, que era la comuna. Íbamos Humberto y yo pa’ allá y pa’ ca (…) Luego, cuando la gente empezó a creernos, nos empezamos a reunir todos los jueves los voceros de los 12 consejos comunales, y ahora se están dando cuenta de que la constancia y la fe hace que las cosas lleguen. Como nosotros teníamos la fe de que íbamos a vivir en las casas, por ejemplo, y aquí están, 14 ranchos sustituidos por viviendas”.
Una brisa amaina el calor abrasador de un Delta de mediodía. De fondo, las casas de fachada rosa vieja, con los niños descalzos, en pañales, corriendo por los pasillos, medio asomados medios escondidos mientras la abuela, comunera de alta estima entre los vecinos, reconstruye la historia con la que se levantaron no sólo las 180 casas que desde 2010 se han construido en toda la comuna, también la organización necesaria para cambiar la relación de los ribereños con el trabajo, la producción y la participación política.

***

Humberto Guira "Mon"
“Aquí la gente está acostumbrada a hacer pura política de maletín, formarse ahí para tener un cargo en la Alcaldía o en la Gobernación, trabajar en Tucupita, así viva en la miseria en su comunidad (…)  Nosotros nos hemos dado cuenta de que eso es un gran daño, porque se nos da el trabajo pero estás olvidando de dónde vienes y en dónde vives: el campo. Entonces la cosa no es que uno tenga un trabajo en una oficina y ya, sino que uno tenga el control de la producción del producto”, sentencia Humberto Güira, y deja tendidas las cartas que representan uno de los mayores obstáculos con los que bregan los comuneros de Caño Mánamo.

Quien pregunte aquí por Humberto, no lo consigue nunca, para todos es “Mon”. A diferencia de muchos, la fantasía con Caracas le duró poco, hasta una revelación. Excepcionalmente oriundo de una de estas laderas, que ahora es el consejo comunal “Altagracia”, a los 13 años decidió que lo suyo eran los golpes con técnica y abandonó el campo para convertirse en boxeador.
“Tomaba clases de boxeo y vivía en Quinta Crespo, en casa de una de mis hermanas, que se había quedado viuda. Trabajé en un banco, luego en una fábrica de calzado, y hablando con un compañero un día me dije ‘Dios, pero mi papá con tanto terreno, con tantas cosas allá, y yo trabajándole pa´ otro, yo me voy pa’ mi campo, me voy a producir. Y cuando llegué a Tucupita dije que me venía a Altagracia, en la ribera del Delta. Pensaban que estaba loco, porque apenas se producía una poquita lechita, y ahí empecé a hacer intercambio que si de plátano, de yuca que producía con mi familia, por pescado que traían los pescadores del caño, y así”.
De esa cualidad de olfatear los caminos posibles, de ser prueba viva de que con producción y trueke solidario se pudo alimentar a la compañera, a los hijos y hasta a los vecinos, y de esa pulsión de vida que se le nota en los mocasines marrones desvencijados de tanto charco, tierra y asfalto, “Mon” pasó a darse golpes con las estructuras burocráticas y se convirtió -por acuerdo absoluto- en el vocero político de la comuna.

No le hace falta el papel para citar de memoria los proyectos del Plan de Desarrollo Comunal. Donde el forastero ve una simple estructura, Humberto ve la sede de la Planta Procesadora de Bora, de la cual -luego del procesamiento de la auyama, el plátano, la yuca sobrante y la bora que se reproduce en los costados del río- saldrá un innovador preparado para alimentar al ganado: NutriBora. “Con esa planta vamos a generar 20 empleos directos, por ejemplo, para que nuestra gente salga del ocio -los jóvenes, sobre todo- y también la gente se dé cuenta de que el único destino no es nada más tener un cargo público”, remata.

Maneja la lancha de dos motores 100 que le fue otorgada a la comuna hace dos años, toda una nave si se compara con los motores particulares, en el que no hay títere que quede con cabeza ante el disparo directo de un sol que no perdona.
Se conoce las aguas como las esquinas de una plaza, y además del esqueleto de la futura fábrica de NutriBora, nos acerca a los predios donde unas cuantas ramas hacen las veces de vaquera y retienen a los 60 búfalos de los cuales se extrae la leche -entre 35 y 40 litros diarios- con la que se elabora el queso que, al menos por ahora, genera los principales ingresos de la comuna.
Sabe-y ha hecho extensivo su saber a los vecinos- que la planta procesadora no es suficiente para que la producción comunal le haga frente a los medianos productores y latifundistas que aún detentan grandes extensiones de tierra en estas riberas.
“¿Qué necesita la comuna? El alimento, y ¿dónde lo vamos a conseguir? De lo que nosotros produzcamos estamos trabajando en la instalación de un Mercal Comunal tipo II en la comunidad de Chaguarama. También necesitamos el producto para la siembra, por eso otro proyecto es abrir un Agropatria Comunal. Para que no se nos pierda el excedente -por ejemplo si viene un temporal de lluvia- proponemos crear un centro de acopio. Y también una planta para la cría de cachamas, y una casabera, porque aquí que nos encanta tanto el casabe y se produce tanta yuca no tiene sentido que todo el casabe que comemos venga o de Monagas o de Bolívar”.

***

Es difícil asir con las retinas la transición de los grises madrugadores al brillo incandescente de la mañana. El nuevo día se siente en el sopor que humedece la piel, y así -por intuición- por un calor que rebota en las paredes de zinc, Rafael Contreras, Jean Carlos Contreras y Eliseo Contreras despiertan, toma uno el caballo y sale a arrear a las búfalas para la jornada de ordeño.
Los tres llevan en el rostro la estampa materna, la que lleva por nombre Candelaria del Valle Urrieta. De ella no sólo aprendieron la sapiencia rudimentaria de la fabricación del queso, también una vocación difusa hacia la comuna, y son los tres hermanos los que -desde las 5 de la mañana-vacían las ubres, cuajan y fermentan la leche de la que saldrá la torta fresca de 10 kilos que se distribuye entre los consejos comunales y  el Mercado Municipal de Tucupita.
La madre afronta la parquedad de sus vástagos, y todo lo que ellos no quieren explicar, lo describe Candelaria, que ha tenido que formarse en tiempo récord en leyes del Poder Popular, trámites administrativos, planes productivos y todo lo que el tamaño del compromiso -ser cuentadante- le ha impuesto.
Tres días atrás nomás, le tocó rearmar la humilde quesera, cuando tras la muerte del antiguo ordeñador, la viuda salió en reclamo de cuanta cosa clavada en la tierra hubiese dejado el difunto. “Mire, ser comunera es eso, cómo nosotros construimos un rancho en un día, echamos tierra, hicimos de todo porque nos estaban dejando sin nada (…) La mujer reclamó todas las cosas materiales que él tenía ahí, se lo llevaron todo, hasta lo que estaba dentro, pero inmediatamente, como comuna organizada, agarramos y levantamos otra casita (…) Como comuneros unidos levantamos una nueva casita, juntamos los animales, los contamos, los teníamos completos, y aquí seguimos, haciendo queso todos los días”.
El hacer solidario, a varias manos, “pa’surgir, pa’ echar pa’ lante”, atraviesa las respuestas que surgen de cada boca, de cada camino andado que devino en el título comunero o comunera. Aquí, donde el río diluye las fronteras entre los estados Delta Amacuro y Monagas, donde el navío bien puede durar minutos u horas, el queso además de sustento es alimento para los tantos viajes al puerto o a ciudades vecinas.
Pedazos de queso fresco, catalina y casabe -cuenta Humberto- fue lo que se llevaron 12 jóvenes de la comuna que viajaron a San Félix, estado Bolívar, para recibir capacitación en la cría de cachamas. También del queso -ahora de lo recaudado con su venta a 110 bolívares el kilo- un grupo más grande se trasladó para  hacer un intercambio de saberes y no sólo aprender a hacer el casabe sino también a administrar la futura casabera.
“Nosotros, de lo poquito que tenemos de la producción de queso de búfalo, agarramos esos recursos y nos financiamos los viajes que necesitamos para formarnos y así poner a producir los proyectos que tenemos. A veces vendemos un queso, dos quesos y nos llevamos una parte y comemos con pan hasta que llegamos a la ciudad a la que vamos, nos den o no nos den viáticos, eso es lo que menos importa.Si hay que ir a un Encuentro Nacional de Comuneros allí vendemos 3, 4 quesos, nos llevamos uno y agarramos camino”, asegura y trocea con una soga la alta torre del queso hecho esa misma mañana, saca una rueda perfecta que corta en triángulos, y el residuo aún lechoso se disuelve en la lengua que saborea -hambrienta- los pedazos mantecosos y salados.

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Pablo Plaza
Cuando “El pájaro alegre”, Pablo Plaza, le saca unas notas al cuatro y otras tantas a la armónica, no hay calor ni desánimo que amaine los aplausos. Los pies y alguna cadera se mueven al ritmo de los merengues que ha compuesto este cultor, y -aunque sea brevemente- todo obstáculo parece ínfimo ante el paisaje compuesto por río, manglares, araguatos, palmeras, infinito.
Ese miércoles de asamblea extraordinaria sólo unos 15 -de una comunidad que suma los 1900 habitantes- responden a la convocatoria de la comuna para discutir la activación del Plan Jóvenes del Barrio. Como comuna lo saben: sortear la dificultad del transporte fluvial cuando no se tiene una chalana, motores, una lancha que haga de transporte público, cuesta. El sueño de multitud parlamentaria se disuelve ante una realidad que tiene forma de cifra signada en billete: 100 bolívares por traslado ida y vuelta.
Y junto a la dificultad del transporte -que incide directamente en la indiferencia de los más jóvenes ante el estudio formal-, estar a merced de los cuatreros que al filo de la noche y la impunidad descompletan los pollos, los chivos, los puercos y los búfalos, completa el puño de la realidad que golpea duro, pero no por ello triunfa por nocaut.
Poco saben los ribereños de sus vecinos y ancestros waraos. Las comunidades indígenas se alejan de la comuna por distancias medibles en horas, lejanías demasiado costosas de recorrer cuando se lucha por conseguir aceite a menos de 300 bolívares y gasolina. Pero esa mística que por ahora permanece como lo otro, como aquello exótico que se divisa en los campamentos que se pagan en dólares, euros y cuyos nombres terminan en lodge, eso que vive en los ojos rasgados de los deltanos, la tez amarillenta, viaja también a través del río.
No lo saben, pero estos navegantes del Wirinoko, topónimo warao de las aguas que unen sus historias, llevan taladrado en la perseverancia la estirpe del “lugar donde se rema”. Allí, en la lancha, van remando junto a “Mon”, Candelaria, Alexis, Nery, Rafael, los visionarios: donde cualquier inadvertido ve vacío, ellos ven nacimiento; donde se ve traba, ellos oportunidad.
Llegados a estas orillas a mediados de los 70, cuando el cierre del caño Mánamo había menguado la pesca y la sal había vuelto la tierra yerma, allí, cuando el campo empezó a migrar al centro urbano, ellos fueron contracorriente. Myriam lo dice claro: “Aquí nosotros nunca pensamos que no íbamos a poder, de deltanos nos enamoramos, nos quedamos, les parimos sus hijos, nos enamoramos del paisaje, de la tierra, y si usted me pregunta si hay un día en que yo haya perdido la fe porque esto es difícil, le digo bien clarito ‘no, no y no’, ni un día hemos perdido la fe, si no hay fe, no hay lucha, y si no hay lucha, ya se perdió todo, ¿oyó?”. Y se oyó, se hizo eco.














Fotos: Gustavo Lagarde

martes, 8 de julio de 2014

Tonada para un palo de guanábana

Comuna Alí Primera II, La Pedrera, estado Táchira


Neirlay Andrade


No se sabe si primero es el gallo o el cielo aclarando; pero cuando la primera ubre henchida de leche se desinfla todavía el gallo está en un contrapunto con el cielo estrellado y solo unos pocos tienen ya un guayoyo en el estómago.
Todo ocurre en menos de diez minutos: unos becerros son liberados y corren hasta las ubres y del otro lado unas manos ágiles hacen el trabajo. Al final del ordeño, cuando el gallo ya ganó el combate contra las estrellas, se tienen los 180 litros de leche de la jornada.
La finca Jamaica -junto con la Vega del Navay- es uno de los puntos de producción de la comuna “Alí Primera II”, ubicada en La Pedrera, estado Táchira. Sus propietarios se han sumado a la construcción de un eje productivo en esta zona donde la montaña llega a su fin y comienza la tiranía del llano.

Ante un mínimo ruido de pasos, los cochinos se levantan al mismo son y permanecen inmóviles y silentes; alguna mosca los traiciona y mueven el rostro. Fin del sigilo y paulatinamente van apareciendo lentos movimientos hasta que se acostumbran a la visita. Llegan a la finca con un mes; a la vuelta de 30 días ya pesan 25 kilos; al cuarto mes están listos para el matadero 120 especímenes de aproximadamente 100 kilos.

Pero los esfuerzos de los comuneros de La Pedrera no están en tierra. Su fortaleza está bajo agua. El municipio Libertador, en el sur del estado Táchira es el segundo productor de cachamas del país. Una de las principales conquistas de la Comuna Alí Primera II fue la organización de los Consejos de Pescadores y Acuicultores (Conpas) para agrupar a 450 productores. Actualmente cuentan con 2 mil 700 lagunas que producen 5 mil 400 toneladas de cachamas cada siete meses.
Dispersos alegramos a nuestros enemigos

Más de 160 reuniones de los consejos comunales precedieron al registro de la comuna; hecho que ocurrió un 23 de febrero de 2013. Pedro Ortega, uno de los voceros, explica la razón por la que dejaron de estar dispersos: “los politiqueros nos tenían de mandaderos”.

Era el propio cantautor del pueblo, Alí Primera, quien advertía que si andamos solos alegramos precisamente a nuestro enemigo. Esta comunidad lo comprendió y se lanzó a la titánica tarea de unificar criterios para superar las formas de organización que ya le resultaban caducas y orientar su trabajo con miras a la construcción de un eje productivo que le permitiera a La Pedrera cobrar su verdadera dimensión estratégica en el desarrollo de la zona fronteriza del país.
Fue bajo un palo de guanábana -que ya se secó de tanto pensar- que se gestó la comuna “Alí Primera II”. Allí, a un lado de las troncales que conducen a los estados Barinas y Apure, un grupo de activistas a quienes en tono de burla les decían “los pastores” planificaron la construcción de esta experiencia de organización popular.

Pedro Ortega
El palo de guanábana también asistió a las jornadas de formación en las que los voceros se  documentaban sobre los instrumentos legales que les permitirían sortear las vicisitudes de enfrentar un estado burgués marcado por el burocratismo. Pedro Ortega con seguridad diferencia al Estado del Gobierno; el primero aclara está podrido; el segundo, aliado.
En el principio fue una vaquera

Además de la amable mata de guanábana, una vaquera abandonada sirvió de epicentro para la comuna “Alí primera II”. Hoy el lugar es sede de la escuela Eleazar López Contreras y 200 niños estudian allí.

La recuperación del espacio para convertirlo en centro de enseñanza no fue el debut como constructores de los comuneros. Ya en 2011 habían alzado 15 viviendas para las familias damnificadas de la crecida del río Navay, sucedida el año anterior. Luego vinieron 10 casas más y una sorpresa para la gerencia de los recursos: sobró dinerito para equipar la Casa Comunal. 
Ya van más de un centenar de casas construidas. Yudith Galavis vive en la número uno y sobre sus hombros pesa el honorable título de “formadora del Poder Popular”. Es una de las responsables de que la mata de guanábana se haya secado, pero mientras tanto otras cosas florecieron; por ejemplo, los patios productivos para el abastecimiento de las familias que hacen vida en “Renacer Bolivariano, nuevo espacio comunitario”.
Aguacates, naranjas, mangos, plátanos y yuca son algunas de las bondades que acompañan el plato de la comuna cuyo centro desde luego es una gran cachama gorda y dorada. No sólo se ha enriquecido el plato de los habitantes de la comuna; también las discusiones en las asambleas. Con orgullo Yudith Galavis habla sobre el quiebre de la representatividad y el compartir de saberes con otras comunas de otros estados.

La EPS: Hueso y alma del Poder Popular


Yudith Galavis
No bastó con organizarse, con lograr agremiar a los carniceros, con ejecutar la supervisión del mercadito popular; recorrer el país paraluchar contra la pesca de arrastre y el rescate de los ríos;  con el módulo de salud y el censo de los trabajadores de los consejos comunales para insertarlos en los proyectos locales; había que difundirlo todo, había que dar la batalla en todos los frentes y así es que también está la emisora comunitaria y el programa “Comuna en acción” los miércoles a las siete de la noche.
Actualmente remodelan la escuela General Cipriano Castro; a pesar de que el proyecto se lo entregaron a un privado, la comuna logró que 75% de los obreros de la obra provinieran de los comités de trabajadores de los consejos comunales.

Todas las victorias son significativas, pero aún hay una batalla grande que no se ha ganado: la constitución de Empresas de Propiedad Social (EPS) a las que unos califican de huesos y otros de alma del Poder Popular.
Sin duda que la sangre sí está ya rodando. La Comuna Alí Primera II tiene sus retos definidos y sus problemas perfectamente enumerados: si no logran el control de la cadena de comercialización completa seguirán siendo meros servidores de intereses privados que se lucran de la distribución de las cachamas que los comuneros producen. 

No hubo un acompañamiento efectivo al proceso de producción de esta comuna y el número de 4 mil 500 cachamas cada siete meses se vuelve un problema cuando elementos como el alimento para los peces está en manos del sector privado que decide el precio sobre un producto cuya materia prima fue otorgada por el Estado. El problema se agudiza con los Agropatrias desabastecidos y con burgueses disfrazados de campesinos, como denuncia Domingo Parilli.

Hace unos años, una empresa española debía construir 24 procesadoras de pescado en todo el país; se declaró en quiebra y se abandonó el proyecto. La comuna “Alí Primera II” logró que una de esas plantas fuera trasladada a suelo tachirense. Hoy están a la espera de que Insopesca transfiera a la comuna las hectáreas donde funcionará ésta y la procesadora de alimentos.

No los amilanan los “tiempos” de la institucionalidad; saben que su demanda es justa y sería un arma eficaz contra la guerra económica que enfrenta el pueblo venezolano. Además del fantasma del contrabando fronterizo también han combatido otros enemigos con más cuerpo como el paramilitarismo.
Han preparado sus milicias populares y amparados por la voz de Alí, saben que “se puede matar al hombre; mas no la forma en que se alegraba su alma cuando soñaba ser libre” o como dijo finalmente Jacobo Sánchez, bajo el palo seco de guanábana: “éramos soldados dormidos; despertamos. Quien caiga habrá otro al lado para seguir. Perderemos algunas batallas, pero esta guerra la ganamos: este país será libre”.



Fotos: Oscar Arria

martes, 17 de junio de 2014

A la vida, Momboy


Red de comuneras y comuneros de Trujillo

Ernesto Cazal
@ernestocazal


Quedarse en casa, penitente, cuando se vive en un valle que estalla hacia todas las direcciones cada segundo sería un despropósito de vida. Son pocos los campesinos y la gente apenas arrastrada por la fuerza citadina que se inclinan a tal pesadumbre en Momboy. Al combate diario van, sin tregua a la negación que infama: el capitalismo y la cultura minera rebosada por los que pretendieron ser dueños sin firma de este territorio nombrado Venezuela. Y este frente del terruño creciente, de quebradas y lomas de poca austeridad, tiene la capacidad comunera para hacer emerger el sueño, que se salve de utopía ilusa. Trujillo, tierra verde y horizonte, de caminos que son órbitas entre las montañas y las pequeñas sabanas. Los ríos y las filas fueron caminos para la lucha guerrillera, que sigue hoy bajo otras consignas, pensares y métodos; es la propuesta de la siembra y posterior cosecha, es la idea encarnada, la que mueve los hilos del Movimiento Campesino Comuneros del valle de Momboy.

Esta zona, gigante de voluntades y caminerías y trabajadas por los originarios (indios Momboy) antes del sancocho de cadenas de Colón, tiene una extensión de aproximadamente 15.000 hectáreas. Se plantean para el futuro doce comunas, que estarían conformadas por los 70 consejos comunales que hacen vida en este momento en el valle. Sin embargo, el movimiento comunero aglutina apenas un consejo comunal y tres consejos campesinos, y pertenece a la Red Nacional de Comuneros; asimismo, ha pensado incluso un Sistema Económico Comunal, proyecto integral para toda la comunidad y discutido incluso con el actual ministro de Comunas, que anuncia un experimento de sociedad alternativa distinta a la conocida dinámica de las megalópolis empobrecidas como Caracas, Valencia y Maracaibo, e incluso a la tragedia de los campos en que se arrea el ganado sobre motos Bera.

Herederos de esta historia, y a pesar del rescate de tierras en 2009, en el predio San Pablo, en el que trabajan Matías y Jesús Bastidas, padre e hijo mayor respectivamente, no pueden sembrar sino maíz porque su medio de riego, el río Momboy, está contaminado. Hay un proyecto gubernamental para el saneamiento del río pero por los momentos bien, gracias. Esta, la demostración de que la producción industrial a gran escala es insostenible dentro del proyecto socialista que convoca a estos comuneros. En el periódico del movimiento, ya con cuatro números hasta los momentos –Comuner@s, se llama–, se hacen denuncias de este tipo, como también se pueden leer reflexiones en torno al experimento revolucionario y la historia del valle.

Benito Briceño
Benito Briceño Manzanilla, pure de 79 años de edad, campesino de uña a lengua y cronista oral del valle, cuenta que durante el régimen gomecista unos italianos, entre ellos la familia La Corte, sacaron a los campesinos de estas tierras por cuatro lochas, engañados y empobrecidos, y emparcelaron y pusieron a trabajar a todo aquel que quisiera quedarse, a condición de aguantar la miseria que a ello se subordina.
-Ellos llegaron aquí y nos criaron como esclavos –relata y reflexiona Benito–. Y pa dominarlo a uno, nadie tenía un rancho dónde vivir, mandaban a hacer ranchitos, y entonces teníanos que trabajar obligaos. Aquello vino siendo como una herencia, tanto pa ellos como pa uno. ¿Por qué? Porque ellos venían heredando la tierra: moría el papá, le quedaban a los hijos y así; y nosotros, como esclavos, se moría el papá de nosotros y entonces quedaban los hijos, y luego quedaban los nietos. Era como una escala entre los esclavos y los dueños. Una herencia, porque yo sabía que cuando mi papá se muriera yo tenía que trabajar obligao. Entonces después mis hijos. Hasta que llegó mi Comandante y sanseacabó esa vaina; abrimos los ojos.

La lucha por la tenencia de la tierra obtuvo sus frutos: los predios Geromito, Antonio Nicolás Briceño, San Pablo y La Victoria, cuyos cientos de hectáreas se encuentran al tiroteo produciendo alimento tanto para el valle mismo como para los pueblos aledaños. Incluso existe un enlace con los compas de Alexis Vive, en Caracas, para la distribución de engulle en la capital. A su vez, el movimiento comunero asiste el sistema de trueque escolar, que junta en dinámica de siembra y cultura campesina a las cuatro escuelitas que merodean en el Momboy.

Numerosas anécdotas llenan el valle más allá de la naturaleza y la fijeza dialéctica del trabajo de la tierra. Una de ellas cuenta que en la primera mitad de la década de 1980 la carretera que atraviesa el calorón y la serranía del Zulia y los primeros parajes verdosos del Trujillo norte fue puesta con barricadas (¡ah pataleta acomodada de la historia!) por ganaderos y altos terratenientes que asumían protesta hegemónica contra las revueltas campesinas y el comercio alternativo que éstos trataban de imponer. El gobierno puntofijista de turno hizo caso omiso de la cuestión, como era de esperarse. El paro resultó indefinido, pero el pueblo de La Puerta dijo ya basta. Fruto Vivas, no sólo arquitecto sino militante ñangaroso y activo para la época, se había acercado al lugar para encontrar soluciones, cuando lo que encontró fue la gente alzada y a punto de bullir. Valera, Motatán, La Puerta y Mendoza (zonas que circundan los valles aledaños a Momboy) se unieron en cadena popular para mostrarles el rostro a los ricos de la pradera, y ganó el pueblo pobre cuando la victoria aún no era costumbre. Hubo lo que los sociólogos, propagandistas y expertos en obviología llaman “daños colaterales” por la parte agraviada, es decir la de los explotados, es decir la de nosotros. Pero esta batalla fue trascendida en canción por Alí Primera (“Yo no me quedo en la casa pues al combate me voy / Voy a defender La Puerta en el Valle del Momboy”), quien había acudido al llamado de Fruto Vivas para acompañar al pueblo en lo que parecía una gesta insólita pero exitosa.

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La Gran Misión Vivienda Venezuela se propone construir hogares en medio de los predios para ¿goce? de la gente del valle, ya que la mayoría de los campesinos viven fuera de sus sitios de labranza y siembra, incluso arrumados en el barrio La Guaira, en pleno cerro del valle; otros viven a orillas del río Momboy, lamentablemente contaminado; y otros en La Puerta, a unos kilómetros de los predios. Mas habría que preguntarse: ¿son necesarias esas estructuras henchidas de ciudad en pleno valle? ¿Acaso el cemento es la única propuesta de vivienda que tenemos como pueblo? ¿El parámetro monótono de los edificios no va a contrapelo de la naturalidad campesina? Los trabajadores de la tierra responden con un categórico NO a la urbanización de sus tierras; Fruto Vivas se comprometió con el movimiento para diseñar las casas que convendrían según clima y territorio a los habitantes del Momboy. Carlos Montiel, joven militante del movimiento, cuenta que la última vez que Vivas se llegó al valle estuvo alrededor de una semana y les dibujó, al acto, unos bosquejos de viviendas que serían construidas en plenas lomas, como especies de palafitos arrecostados sobre las espaldas de las montañas para no entorpecer las siembras y los conucos del campesinado. Al momento de su partida, el renombradísimo arquitecto se paró firme ante los futuros comuneros e hizo el saludo marcial de costumbre, añadiendo: “Soy fiel militante del valle de Momboy”. El proyecto no se ha podido cumplir a cabalidad por falta de recursos. Todavía esperan por las instituciones pertinentes.

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Manuel Pérez
Entre la variedad humana y trabajadora que existe dentro del movimiento, Manuel Pérez (en palabras de Matías: “Manuel le ha echao bolas, hasta ha ido a la cárcel por luchar con nosotros”, lo que demuestra que toda lucha, así sea con el gobierno de nuestro lado, conlleva sus riesgos y violencia, porque una revolución, nos lo dice nuestra historia como pueblo, no consiste en la toma de poder del Estado y sus instituciones sino en el derrumbe y entierro de un sistema y su modo de producción que tiene, hoy y en estos momentos, sus bases en arenas movedizas a favor de la construcción y nacimiento de otra vida, una que no se asemeje a la muerte y sus equivalentes); cierro paréntesis y pido disculpas, Manuel Pérez habla de la visión holística de la realidad, el todo y sus partes; en definitiva: la realidad como totalidad, a que aludía Chávez sobre todo en cuanto a comunas se trataba.
-Tenemos que quitarnos esa manía de pensar el mundo de manera cartesiana, de mirar todo fragmentariamente. Porque no podemos sembrar y hacer caso omiso al uso de venenos, así como tampoco podemos seguir el modelo de gestión capitalista si estamos llamados a hacer socialismo. Todo eso va junto.
-¿Modelo de gestión? ¿Hablas del modo de producción o de…?
-A eso me refiero, pues, porque podemos cambiar esa manera de hacer las cosas desde el trabajo cotidiano. Tenemos referencias, como el de las culturas originarias. Por ejemplo, cómo trabajaban y vivían los incas.
-Tú como que leíste los ensayos de Mariátegui.
-Ese es bueno, pero hay más.
La visión holística de que habla Manuel se fundamenta en la vida campesina como cultura total, nunca totalitaria. Que la tierra y el hombre se fundan en un todo, que la semilla no sea sólo alimento y posterior cosecha sino la misma palma que germina; que las mismas manos, rotas por el trabajo y la desmemoria de la Historia (la que es pensada por la única clase dominante), sean el soporte de la materialidad viva, en constante movimiento y cambio; y que sean río y camino de viajeros para el soporte de una nueva cultura, para el porvenir socialista, por lo crear. Fuera de palabrería poetizada, señala a Matías y su menorcito en plena faena con las yuntas y los bueyes:
-Miren, esa es una relación bonita que dentro de la cultura capitalista se ha perdido. El niño aprendiendo junto a su padre la relación del trabajo. Esa es una relación social que se pierde en el marasmo del individualismo imperante. Ese muchacho, cuando crezca, retomará la misma yunta y arreará la tierra como su padre le enseñó sin decirle palabra alguna, porque entendería que la vida se sustenta es en la tierra misma.
La emulación entonces deviene, en este caso, en creación. La naturaleza se parece únicamente a sí misma, así como este valle se parece sólo a la palabra Momboy.

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Isidro Rivas
Isidro Rivas, hombre alto de 47 años y campesino trabajador del predio Antonio Nicolás Briceño, es quien organiza, junto con otros compas, cada 15 de mayo la fiesta de San Isidro Labrador, parranda que une a los pueblos para cantarle al invierno y sus lluvias.
-Trabajo en estas tierras desde hace aproximadamente 25 años. Recuerdo que los italianos nos pusieron acá y cuando entregaron esto era un gramero y con los bueyes y tractores empezamos a trabajar. Los dueños apenas nos daban medio, y nosotros dándole. Así fue hasta que se empezaron a crear los movimientos: hablaban de recuperar estas tierras, se formó el consejo campesino y luego llegó la gente del INTI (Instituto Nacional de Tierras). Eso hace cuatro años. Y se ha venido una fuerte lucha con los supuestos dueños de esto, pero el gobernador de Trujillo ya nos dio lo que llaman la Carta Agraria y Tenencia de la Tierra y estamos esperando ahorita la propiedad del terreno. Somos 56 campesinos los que trabajamos aquí.
Pero la historia no es tan bien perfumadita: hace más de tres años, cuando Juan Carlos Loyo estaba a cargo, desde el Estado, de las cuestiones agrarias, vino una firma falsificada de él con permiso para desalojar a los campesinos de las tierras y devolvérselas a los italianos. A la fuerza fue. El pueblo en conjunto volvió a alzarse, tomó el edificio del Inti hasta que se arregló el asunto. Hubo gente coñaceada y encarcelada, como Manuel Pérez y otros compañeros que se mantuvieron rodilla en tierra en la lucha.
Luego del rescate de tierras, cuenta Isidro, se conformó un proyecto para el riego que ya ha sido aprobado por el Instituto Nacional de Desarrollo Rural (Inder).

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El chimó, dicen los campesinos del Momboy, forma parte de la identidad del valle. Así como se dice que conuquero que no masque y escupa chimó no es conuquero. E Isidro mismo nos cuenta sobre la brega:
-Yo soy chimorero desde pequeño, mi abuela me enseñó. Me iba hasta las matas de cambures, arriba en los conucos, y buscábamos el cascarón seco, lo que ve le sobra a la cepa. Ella sabía cuál era el mejor, y lo cortábamos y lo llevábamos pa la casa. Empezábamos a alisar el cascarón, y a cortarlo con unas tijeritas. Ahí metíamos el chimó, que se batía a punta de paleta; era bien bravo y bueno el chimó de la abuela. Desde que dejé de estudiar empecé a trabajar en las chimoreras con la técnica de la abuela. Y fíjense: ta la lluvia brava y uno: ¡pásame el chimó ahí!
El valle, cuando “pertenecía” a los italianos, estaba infestado de caña de azúcar. Cañaverales por todos lados; monoproducción y trapiche como fábrica. En estos momentos, en el predio Antonio Nicolás Briceño, de 39 hectáreas cultivables, se produce lechuga, repollo y cebolla larga (en cantidad), además de cebolla redonda, perejil, cilantro, pimentón. El clima frío, durante el invierno, favorece la producción de esos rubros. Y le echan pichón no sólo para vender alimento como mercancía (porque de alguna manera se tienen que financiar la lucha), sino para proveerle al pueblo, a las escuelas, a las familias de los campesinos.
-¿Cómo no nos va a pertenecer a nosotros los campesinos? Si hemos sido los que la hemos trabajado –dice Isidro–. Una vez se derrumbó un puente que atravesaba la quebrada Mocojó, saliendo del valle, y nosotros estuvimos doce días reparándolo, un puente de 18 metros, y los dueños ni un refresco nos dieron, mucho menos una cabilla. Esto es nuestro, vale. Yo siempre apelaba a la Ley de Tierras cuando surgió el problema con los italianos desde el rescate de los predios.

***

-Trabajábamos la siembra al tercio, es decir, de tres sacos de cosecha dos iban pal dueño de finca y uno pa nosotros. Nos engañaron tanto, porque el tipo no movía ni un deo. Ahora podemos decidir cómo y qué trabajar, a pesar de las dificultades que tenemos.
Matías Bastidas tiene 54 años, y aunque es oriundo de Boconó, siente el valle como suyo porque vivió toda la tragedia que impusieron los antiguos dueños, los italianos estafadores aquellos. Y problemas persisten, pero ya no por la manopla enemiga, sino por organización y malentendidos entre algunos militantes del movimiento. En el predioGeromito decidieron abolir la Empresa de Producción Social (EPS) que mantenían debido a las contradicciones inherentes a los valores del capitalismo: cuando el dinero aparece el resto se resquebraja. Eso nos comenta Manuel Pérez, quien tenía la expectativa de vivir en Geromito luego de tanto bregar por tanto tiempo, pero Matías piensa que eso se va a resolver de a poco.

Los avatares de la revolución –siguiendo el pensar de Argimiro Gabaldón, leyenda de este valle– con sus tránsitos y errores, victorias y fracasos, son síntomas de ella, forman parte de ella. El marxista peruano José Carlos Mariátegui comentaba que ésta, la revolución como proyecto vía al socialismo, era creación heroica de los pueblos, pero no tapizado de aquel heroísmo aristocrático digno de un personaje griego o incluso jolibudense, sino del hito colectivo de los pueblos en lucha. ¿Quién se queda en su casa cuando el valle luce límpido y huele a tierra mojada luego de la tempestad? ¿Quién no siente la telúrica acción del campesino cuando toma por arma una idea y la convierte en cuerpo templado de este valle histórico? ¿Quién no canta entre los ríos y lomas con San Isidro Labrador? Los cobardes, íntimos; los recios luchadores, como los del Movimiento Comuneros del Momboy, van a la vida.


Fotos: Gustavo Lagarde




martes, 3 de junio de 2014

Rogelio Castillo Gamarra, renacer en comuna

Comuna Rogelio Castillo Gamarra, Petare, estado Miranda

Juan Sebastián Ibarra


“Si hay para uno, hay para todos”, dice Nairubi Berríos con esa vocecita que destaca por la pausa, por el silencio bien administrado, por la calma sincera. Esa voz bajita sale de los labios de Nairubi sin la prisa de quien quiere figurar. Y es que en los dos años que tiene trabajando en la comuna “Rogelio Castillo Gamarra”, ya puede decir con claridad que esto se trata de juntarse.

Tiene 25 años y usa esa fuerza vital de la juventud para trabajar en comuna y darle a su hijo de 6 años un legado de juntura que seguir. Nos cuenta que el chamo ya ha ido entendiendo de qué va la cosa y se presta para ayudar en lo que haga falta. Reparte volantes en las reuniones, por ejemplo, y siempre manifiesta su interés. “A él le encantan las reuniones de discusión que hacemos”, agrega Nairubi con la mirada en alza.
Marbella Navarro recuerda tiempos menos amables, cuando cada quien estaba siempre por su lado, pendiente de ganarse el pan desde la competencia, desde la mal llamada ley del más fuerte. Ahora –dice entre líneas- la gente de José Félix Ribas es más fuerte porque ya no están separad@s. La comuna ha sido un espacio propicio para dejar de trabajar para el enriquecimiento de dueños de empresas y les ha permitido tributar a su propia comunidad, a su propia gente, a ese tod@s que se ocupan en formar.


En esos tiempos, las voces de todo un pueblo en lucha eran silenciadas. Rogelio Castillo Gamarra, por ejemplo, se atrevió a alzarle la voz a los gobernantes de los años sesenta, setenta y ochenta, hasta que un día de esos que tanto se repitieron por entonces, la Digepol lo arrancó de las entrañas de Petare, específicamente de la zona 6 del barrio José Félix Ribas. Los represores lo llevaron preso a un lugar indeterminado del estado Falcón y lo convirtieron en recuerdo.
Ahora, los habitantes de 35 consejos comunales – entre José Félix Ribas y la zona de Palo Verde – se juntaron para traer de vuelta a Rogelio y volverlo comuna. Rogelio Castillo Gamarra ahora es los 25.000 habitantes que conforman la comuna, que el pasado mes de noviembre realizaron el referendo de su carta fundacional para lograr el registro, aunque trabajaban desde antes.

Una mujer sube uno a uno los escalones que conducen a la Unidad Técnica Comunal. Sandra del Toro, llega con cansancio y una sonrisa de bienvenida. Explica que en este espacio se encargan de estudiar los problemas presentes en el territorio de la comuna en cuanto a infraestructura y servicios, para solventar los más graves y de resolución inmediata.
Al preguntarle sobre la comuna, habla poco porque dice mucho: “Creo en la comuna porque es el espacio que nos va a permitir tener gestión local, tener gestión comunitaria, transformar nuestros barrios”. Esto último es la gran meta que se plantean a través del plan de transformación del barrio, para lo que la Unidad Técnica Comunal recibió alrededor de 5.000.000 de bolívares en una primera etapa para dotación de las instalaciones, contratación del equipo técnico y el proceso de conformación del plan, para el cual primero deben realizar los estudios de suelo, determinar las zonas de riesgo y establecer las prioridades en cuanto a lugares y obras a atender. Han dado prioridad a 4 escaleras de la barriada, pues “de qué sirve arreglar una casa si no puedes llegar a ella”.

Sandra del Toro
Sandra no titubea al decir que las manos constructoras son las del pueblo, que antes estaba acostumbrado a hacer para otros, a vender su fuerza de trabajo para levantar los hogares de otra gente, mientras ellos vivían en ranchos “mal hechos, con muy pocos recursos”. Ahora, con la unión de sus capacidades y el apoyo de instituciones del Estado, en las comunas la gente del barrio trabaja por sus propias problemáticas.
Otra dificultad con la que se habían acostumbrado a vivir era la ausencia de un transporte que les suavizara el empinado camino del barrio para poder llegar a esas casas hechas con poco. Por eso una de las cosas que destacan con orgullo es la ruta comunal, que une a través de las cuatro ruedas de varios yises las diferentes zonas de José Félix Ribas (de zona 1 a zona 10) y parte de Colinas de La Bombilla.
Brigitte González le tiene miedo a las cámaras, pero no a trabajar en la ruta. Es la fiscal y manifiesta lo que considera un motivo para alegrarse: “Trabajamos juntos, todos somos una misma familia, estamos pendientes de cada quién”.
“Antes teníamos que subir todo eso caminando, una hora me echaba”, cuenta Brigitte, a la vez que explica que aunque anteriormente había unas camionetas, por motivos de división de intereses, eso se perdió.
Juntura bonita

Los comuneros y comuneras cantan al unísono lo que parece ser su principio fundamental: hablan de ell@s como un todo, sin divisiones de intereses. Si se les pregunta por su experiencia con la comuna, dejan muy claro que no pueden hablar desde el yo, sino desde un nosotr@s.
En la comuna “Rogelio Castillo Gamarra”, esa es la premisa. “Yo no te puedo hablar como yo”, dice Gustavo Briceño, quien durante el recorrido por los espacios de la comuna hace gala de esa juntura: saluda a tod@s, tod@s lo saludan.
Pero hay una segunda premisa: la identidad. Es por eso – explica Briceño cubriendo con su gorra tricolor el sol que abrasa a José Félix Ribas- que los nombres nacen de compañeros de lucha de esos tiempos no tan amables. Además de Rogelio, también rescatan a Morela Castro, quien por muchos años se dio a la tarea de trabajar por su comunidad –cuentan los vecinos-, hasta que un cáncer la obligó a dejar en manos de los nuevos la revolución en proceso.
“Mamá Morela” es ahora textilera, un espacio para la confección que tienen en funcionamiento en la zona 10 del barrio. Allí hacen uniformes escolares para niños y niñas, chemises, franelas y shorts, entre otros tipos de prendas de vestir. Para la construcción y equipamiento de Mamá Morela, el Ministerio del Poder Popular para las Comunas y los Movimientos Sociales realizó un financiamiento por un monto alrededor de los 3.300.000 bolívares.

Flor Bolívar
Al fondo de la segunda planta de la textilera, una mujer da forma a una futura prenda de vestir color azul en una de las máquinas con las que cuentan. Flor Bolívar es su nombre, y aunque al principio le da un poco de pena, se va soltando mientras habla. Sobre la comuna, cuenta que ha sido duro organizarse, pero que los frutos se han ido viendo.
Habla de la comuna como un futuro que está hecho en presente, como algo que dejar para l@s que vienen. “Porque nosotros ayudamos al comandante a construirlo, pero se lo vamos a dejar a nuestros hijos, a nuestros nietos. Que ellos sigan ese legado y que defiendan el socialismo, que defiendan la comuna”.
Al otro lado del salón está Marbella Navarro, para quien un día de trabajo en la comuna es de “alegría y aprendizaje constante”. Especialmente porque lo que ahora está en proceso en su comunidad será lo que le quede a sus cinco hijos para el futuro. Para ellos trabaja y ellos lo saben apreciar.
Cuenta que Jesús, el menor y único varón, tiene diez años pero a pesar de su corta edad siempre valora el trabajo que se está llevando a cabo en su zona. El niño agrega que ayuda a su madre en la textilera, en lo que haga falta. La comuna también está en los hoyitos de la sonrisa de Jesús, de cada niño y niña que está aprendiendo en conjunto.

Mucho más abajo, en espacios ya de la urbanización Palo Verde, la comuna “Rogelio Castillo Gamarra” también integra a los vecinos de esta zona. Allí está el Núcleo de Desarrollo Endógeno “Antonio José de Sucre”, donde hay cancha de futbolito y basket, una peluquería, sala de baile, radio y tv comunitaria. Detrás de una doble puerta, hay una pequeña sala con paredes cubiertas para aislar el ruido. Al entrar se ve una cámara. A un lado, cuatro chamos están frente a una computadora, mezclando una canción de uno de ellos. En este estudio de grabación cualquiera puede llegar para dejar registro de la música que hace desde y para la comunidad.
Uno de los chamos es Guillermo Paiva, de 14 años, que ha realizado talleres de producción musical en el Núcleo y trabaja en el estudio de grabación. Aunque dice no tener un concepto fijo de lo que significa una comuna, tiene claro que se trata de trabajar por la comunidad: “Servir a la gente, que es lo que quiero. Esa es la idea, que la gente pueda venir aquí a grabar sus discos, que los que no han tenido el chance también lo tengan ahora”.

Marbella Navarro
La misma premisa de juntarse, aprender y mejorar recorre los espacios del núcleo, donde incluso desde antes de ser comuna han emprendido otra tarea vital para los barrios del país: “Tenemos más de 100 jóvenes que han soltado las armas y tenemos otros 250 chamos que anteriormente estaban en ocio y que ahora, hoy en día, vienen aquí a grabar en su estudio de grabación, a los salones de baile, a las canchas deportivas”. Así lo relata Keila de la Rosa, que además de sus labores en la comuna, forma parte de la Comisión Presidencial del Movimiento por la Vida y por la Paz, con la cual ha sido posible la integración de estos jóvenes.
Explica también que esto no es nuevo. “Cada uno de los directores del núcleo son luchadores sociales desde que empezó la revolución y antes de ella también”. Desde esos tiempos de Rogelio, de Mamá Morela, ya esta gente trabajaba por su comunidad. Menos recursos, pero mismas ganas.
También en Palo Verde, la comuna tiene ahora una sede propia donde hacer las reuniones. Antes su “oficina” era un camión, a través de cuyos vidrios se pueden ver aún los archivos con la información de la organización.

Allí volvemos a Nairubi, cuya voz se hace más un eco, un vestigio de algo poderoso entre el cercano ruido de los carros, motos y vendedores de la zona. Nos cuenta que dos años atrás, antes de involucrarse en la comuna, estaba en casa, con su chamo.
A través de su voz hablan ahora los Rogelio, las Mamá Morela, los y las luchadoras de cada barrio venezolano que fueron silenciados tanto tiempo. Ahora están en la ruta comunal, en las textileras, en los cultivos. Pero también están en la voz de Gustavo, de Marbella, de Sandra. Están en las voces de los niños que cada vez están más familiarizados con esa juntura bonita. Como el pequeño de Nairubi, la de la voz pausada que es la voz de tod@s.

Fotos: Oscar Arria


martes, 27 de mayo de 2014

LAS ABEJAS DEL PANAL


Comuna Panal 2021, Distrito Capital, 23 de Enero

José Pernía
Abasto y bloque del 23 de Enero
9am. Cielo nublado anunciando lluvia en el valle de Caracas. En el centro, decenas de nuevos edificios, altos, blancos, con picos rojos, amarillos y azules. Son los excluidos de siempre habitando la ciudad. La Cañada, El Observatorio, Zona Central, Bloques y Superbloques. Pasando por el Cuartel de la Montaña, donde vigila el comandante Hugo Chávez. Movimientos, colectivos, organización. Los Tupamaros y el 23 de Enero. La Fe, Sierra Maestra, Juan 23, Simón Bolívar, El Panal 2021. La Caracas insurgente.


10am. Minutos de espera y un fuerte olor a plástico quemado. No hay extractores en el local. En el mercado de la urbanización 23 de Enero existe un taller textil, de corte y confección. Este mercado fue en los años cincuenta uno de los primeros supermercados Central Madeirense del país. Hay diez trabajadoras que están en plena faena cosiendo, bordando, cortando y estampando. Quedan dos semanas para el inicio de las clases, y tienen pendiente por hacer dos mil quinientos morrales. Trabajan a toda máquina. Ya han culminado y entregado tres mil seiscientos morrales al gobierno de Distrito Capital, quien los distribuye gratuitamente en las escuelas. Ellas saben que su trabajo satisface una necesidad común y no enriquece a nadie. Los hijos que llevan sus morrales son también sus hijos.

María
12m. María, una de las trabajadoras, conoce muy bien su trabajo. Su mamá y su abuela son costureras, de ellas aprendió. A la hora del almuerzo María se queda unos minutos más trabajando. Queda sola entre máquinas de coser y maniquíes. Recuerda que una mala mañana de hace algunos años, unos muchachos drogados le dispararon al señor Edwin cuando salía a trabajar, bien tempranito. No lograron matarlo, pero este hecho violento fue la gota que colmó el vaso. A partir de este incidente, la comunidad del 23 de Enero decide organizarse por su cuenta contra la delincuencia. Se inicia la toma de los espacios ociosos con actividades deportivas, pinta de murales y cine foros, con el objetivo de imponer la paz y la convivencia pacífica. Para luchar contra la impunidad, se instala un sistema de cámaras para el monitoreo de las zonas de alta delincuencia.

El taller textil se ha constituido en una empresa de propiedad social, con todas las de la ley. El taller pertenece a la comuna El panal 2021. José, trabajador del taller, es responsable de los planes de formación de los trabajadores y trabajadoras. José reconoce que falta aun mucho por hacer. Apenas están comenzando. No es fácil levantar una empresa de propiedad social. La lucha es en todos los frentes, en el económico, en el político, y sobre todo en el de la conciencia. José explica a las trabajadoras que el pago depende de la producción, y por tanto, sin producción no hay pago. Sin embargo, los trabajadores y trabajadoras del taller dedican varias horas de la semana al trabajo voluntario. Trabajar en una empresa de propiedad social amerita mucha disciplina, sacrificio, y mucha entrega por el bien común. Cuando un trabajador o trabajadora del taller textil se desvía de los principios y del accionar de la revolución, perjudicando su funcionamiento, se expulsa de la dinámica organizativa como a una abeja zángana.


Para el taller, acceder a la materia prima es difícil, aun no dispone de mecanismos que le permitan saltarse a las distribuidoras y comercializadoras privadas de la tela, quienes venden a precios cada vez más caros. Igual de difícil es la venta de los morrales, franelas y demás productos que elabora el taller. Distribuirlos y asignarlos requiere más planificación y organización. Pero experiencias como la del gobierno de Distrito Capital van abriendo el camino hacia el nuevo sistema económico comunal. 
El taller textil también destina sus productos a ferias escolares. José cuenta que en Caracas hay otros trece talleres textiles de propiedad social que se benefician del plan de compra y distribución del gobierno de Distrito Capital.

2:30 pm. La comuna El Panal 2021 posee además otras unidades de producción de propiedad social: una empaquetadora de azúcar, una bloquera, una panadería, una carnicería y una radio comunitaria. En la comuna hacen vida activa varios movimientos sociales, entre los que sobresale la fundación Alexis Vive, por el gran trabajo político y comunicacional que desarrolla. Anacaona, luchadora social de la fundación Alexis Vive, cuenta su experiencia mientras los mártires del 23 de Enero vigilan. Ella divide su tiempo entre el estudio, el trabajo organizativo y el trabajo en la panadería. Anacaona no es su nombre de nacimiento. Anacaona por la india que es físicamente, por lo hermosa y aguerrida. Fue el nombre con el que nació en la fundación Alexis Vive. Para ella y su fundación las comunas son una organización de nuevo tipo, de estructura horizontal y asamblearia. Son la autogestión del pueblo que se organiza. Son la avanzada hacia el socialismo, que permiten al pueblo asumir los medios de producción. Son el autogobierno popular.


Anacaona explica una nueva experiencia que está iniciándose en la comuna El panal 2021. Es la experiencia de los panalitos. Conformados cada uno entre cinco y diez luchadores sociales, los panalitos van a trascender el monitoreo de las cámaras, permitiendo un contacto directo con la realidad del ámbito geográfico de la comuna y sus habitantes. Sin perder la entereza y seguridad en sus palabras, Anacaona recuerda con sentimiento al comandante Hugo Chávez. Dice que la revolución democrática y pacífica que se desarrolla en Venezuela es gracias al gigante comandante eterno. Los luchadores sociales de la fundación Alexis Vives son sus hijos e hijas.


6pm. De vuelta al centro de la ciudad. Las experiencias organizativas se multiplican a lo largo y ancho del territorio nacional. Quedan palabras en el aire pronunciadas por Anacaona. Disciplina, constancia y perseverancia. Estética, belleza y revolución. Revolución, pueblo y lucha.